viernes, 20 de diciembre de 2013

La brújula y el reloj


La imagen de un reloj de arena que se agota pone rostro al preámbulo del medio milenio de nuestra villa, como si 500 años hubieran pasado como indetenibles granitos, aunque el trayecto de Santa María del Puerto del Príncipe a Camagüey ha sido largo y azaroso.

Convocatorias rezagadas para los artistas ponen en duda un proyecto de festividad pensado con antelación. Una programación de cientos de actividades amenaza con agotar el aniversario la primera semana de febrero. El ajetreo constructivo devuelve el recuerdo del polvo y el fango que por mucho tiempo señorearon aquí. Y tanto esfuerzo para alistar calles y edificios parece bifurcar la esencia de la gran celebración.


La proyección de algunos detiene el reloj casi en el principio, y troca el alumbramiento como si en el Parque Agramonte hubiera comenzado todo, en lugar de Punta del Guincho y después Caonao. Los 500 años parecen solo permisibles entre las márgenes del Tínima y el Hatibonico, en un fragmento de la vieja ciudad.


La gestación de nuestra cultura regional fue lenta, llena de sobresaltos y misterios más indescifrables a la luz actual. Por un lado está la polémica en torno a la fecha de la fundación de la Villa, por falta de pruebas contundentes, aunque por tradición hemos festejamos el dos de febrero de 1514, pero pudo ser antes o después. Por otro, seguimos sabiendo muy poco de nuestro primer siglo, apenas de El Espejo de Paciencia, porque casi ningún documento sobrevivió a los incendios y al tiempo.

Pero esos vacíos los fueron llenando moradores y forasteros, humildes y patricios con múltiples conexiones espirituales, ya que en el constante proceso de la identidad, unos con penurias y otros con dinero aprendieron a expresarse emocionalmente en un mismo espacio, contribuyeron a condensar modos de ser, de organización económica, actitudes, relaciones de propiedad, vínculos familiares, hábitos colectivos, estilos de educación, formas de religiosidad, aspiraciones, y la conciencia y la voluntad de pertenecer a Camagüey.

Aunque muchos no lo sospechen, hemos creado obras que nos trascienden, precisamente a través de la cultura. La cultura no es, como lamentablemente suele creerse, asunto exclusivo de quienes laboran en teatros, bibliotecas, en galerías, museos y casas de cultura, o de los que brindan espectáculos, escriben o hacen arte.

El umbral de los 500 precisa el cuestionamiento personal de cuánto hemos hecho y cuánto nos falta por aportar a nuestra gran obra cultural, debido a las muy pendientes transformaciones individuales y colectivas, en elementos concretos, como las construcciones, y simbólicos, como los valores.

¿Cómo perpetuar los arquetipos que ha dado esta tierra si son paradigmas para reducidos grupos? ¿Cómo nutrir esta ciudad mitificada si se pierde la capacidad del ciudadano para leer esa caligrafía tridimensional que los habitantes han inscrito con ladrillos y argamasa durante cinco siglos? ¿Cómo presumirnos blasón de la cultura en Cuba si desconocemos u olvidamos que ha sido la cultura la que nos ha hecho específicamente humanos y éticamente comprometidos?

La arena fina corre y el reloj descuenta tiempo. Solo media un conteo regresivo hasta el dos de febrero del 2014. Las tensiones aumentan ante tantas obras por terminar en tan pocas semanas. La gente se pregunta si para ese entonces la hermosa imagen soñada para la plaza, la calle o el edificio será real o quedará en el proyecto; también cavila en qué uso podrá hacer de esa ciudad restaurada. 

Parece que no pocos principeños siguen pensando en lo concreto, con el eslogan de cinco siglos de historia en mente y el repaso más centrado en lo que se ve que en la mirada a lo que se siente. Ojalá que quienes no lo hayan hecho, recapaciten en casa, porque quien no celebre la memoria, quien no sea consciente de que el valor del medio milenio está en la cultura perderá la oportunidad de vivir plenamente el hecho, y tras el último grano en la arena del reloj, nuestro aniversario quedaría como una fría reseña de periódico.

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