Las
noticias en Cuba suelen ser asuntos de rara avis, al punto que pueden
estar ahí coqueteando, dando brincos para merecer la atención, y
pasan como si nada, vencidas por la más pedestre información,
debido fundamentalmente a dos causas: la falta de un “olfato”
acostumbrado o la costumbre de creer que las noticias son cosas de
otro mundo.
El
hijo de dos entrañables amigos de mi hogar acaba de ganar una
medalla de bronce en Maccabiah, la conocida olimpiada judía. Fue el
primer camagüeyano en la primera delegación cubana invitada a ese
evento cuatrienal con sede en Israel. En su debut, nuestra nación
compitió en kárate, tiro con arco, tenis de mes, softbol y futsal,
y logró dos bronces más, una plata y un oro.
Agenda
en mano llegué a su casa, un poco apenada por tener que despertarlo,
pues casi no había descansado del extenso viaje de regreso. Por
suerte estaba en pie, con su rostro enjuto, sorprendido por el
interés de multiplicar su logro que, sin dudas, merece el
reconocimiento social.
Resulta
que de la olimpiada no salió ni una palabra en los medios oficiales,
incluso les habían advertido que no esperaran ver algo, porque se
trataba de Israel, un país cuyo gobierno ha sido hostil con Cuba,
que lo condena en la ONU, que desconoce su respeto a los derechos
humanos...
Yo
solo pensaba en el silencio con el que se premia a este quinceañero,
por culpa de las doctrinas gubernamentales. Este muchacho aprendió
kárate en un área deportiva a la que puede asistir cualquier
cubano, porque el deporte, como se repite hasta el cansancio, sigue
siendo un derecho del pueblo.
Mi medallista olímpico se ha
educado en una familia ejemplar. Sus
padres son médicos respetados, uno de ellos curó a muchos angolanos, en los últimos cuatro años. Este muchacho ganador va a la escuela como todos sus
contemporáneos, pero su condición de hijo de dos culturas, la
cubana y la judía, parece negarle el privilegio de la noticia.